jueves, 3 de noviembre de 2011

Nomás tragó saliva


Por Omar Miranda Flores
I
El Claudio tenía los ojos verdes. Había andado en la Sierra dizque haciendo estudios de campo. Era uno de esos que estudian la antropología, de los que mandan de Chihuahua con los rarámuris para que, con unos cuantos centavos, averigüen las cosas de los indios. Estuvo cinco meses en las comunidades, ¿y qué les fue a sacar a esos cabezas de piedra? Pos nada. Era un sabochi agradable y hasta guapetón, seguro pensaron, pero nomás. Se puso sus buenas tesgüinadas con ellos, eso sí. En los alcoholes y en las pirujas de la Teresa —porque no le entraba nunca a las indias— se le fue todo el dinero de los viáticos, según él mismo me platicó. Se quedó por allá dos semanas demás, de puritito dejarse llevar por la apetencia de los vicios. Los últimos sesenta pesos, los que eran para desvolverse en el tren, se los dio al hijo mudo de la mejor vieja del congal. Él tenía esos gestos; no por caridad, nomás porque de todos modos podía venirse de raite, me dijo. Mejor que fueran pa’l mocoso que tanta lástima le daba, que pa’ los del ferrocarril esos, dizque capitalistas jijos de no sé quién.
Hará cosa de un mes que pasó por Bahuichivo. Acá lo agarró la suerte. Tenía la esperanza de alcanzar un camión maderero pa’ llegar de perdido hasta el valle, ya aburrido de tanto pino. Pero como no era de por aquí, pos no sabía los tiempos de las salidas. Ya desde el día anterior habían bajado los camiones al valle de San Antonio —los pocos que bajaban—, y como ya había entrado la tarde, pos de plano tuvo que quedarse aquí en el pueblo. La gente lo vio caminar por la calle ancha. Tenía la idea de entrar a un comercio pa’ pedir un rincón de cualquier corral dónde echarse a dormir. Se veía muy fregado el cabrón, daba lástima; pero eso sí, con ese airecito de capitalino que pa’ qué le cuento, y ni qué decir de los ojotes que le echaba a uno.
II
Un hombre en Bahuichivo o trabaja en los aserraderos o se va pa’l Otro Lado; o de a tiro se pone a sembrar yerba. Jacinto es de los que se quedaron, pa’que me entienda, y el pobre tuvo la mala suerte de toparse con el Claudio. Iba con su carrucha, muy pazguato el Jacinto, ahy por donde se encaminaba con tanto gusto a esas horas. Aún había sol cuando dejó a Claudio instalado en el cuarto de tiliches de su casa, allí mismo donde las gallinas escogían pa’ empollar. Duérmase temprano, el tren pasa a las cinco, le dijo Jacinto después de hasta darle feria pa’l boleto al güerito aquel, porque el Jacinto también tenía sus gestos. Pero al pela’o ese le faltaba mucho rato para irse a dormir. El Claudio se salió a caminar por el merito rumbo que había agarrado su dizque amigo, el cara de indio este que le había dado dinero pa’l tren.
El pueblo completito era de madera cruda, pa’que me entienda; o de restos de aserradero, según se quiera ver. Todo era así: las casitas regadas por el monte invadido de gentes, cada vez más invadido; las cercas, de estacas largas largas, arrepegadas con ixtle; hasta el pellejo de los ancianos era de madera, se lo digo yo. Estos perros conservan algo de lobo, segurito iba pensando el Claudio. Bravos en sus patios, dejaban caer sobre el olor a bosque la bala de sus ladridos. En esas andaba el güerito cuando la vio. Estaba la mujer aquella metiendo a la casa a los dos mocosos, sus hijos, que ya era tarde, que cenaran para que se fueran a dormir. La Agustina tenía muy redonditos los pies, siempre descalzos, y una como soltura agradable en las manos. Pero no fue eso lo que el tipo de la ciudad se le había quedado mirando, si lo sabré yo. Los muslos firmes de la hembra fue lo que vio, cómo le redondeaban la falda de holanes largos que le gustaba ponerse cuando hacía el quehacer; y los pechitos mal contenidos en su blusa a medio abrir —también eso se le quedo mirando—, cómo le caían sabrosos cuando se agachaba… ¿En qué otra cosa se pudo haber fijado el cabrón? A ver, dígame.
III
Los ojos de la Agustina, de cara limpia aunque algo fregada por la vejez de dos alumbramientos, se encontraron por mala suerte con los ojos verdes del Claudio. El tipo le echó el mismo discurso que ya le había granjeado un lugar entre las gallinas culecas. Y ella, pos habrá sentido algo parecido a la lástima, digo yo. Ni pensó en los vecinos cuando lo metió quezque pa’ servirle un taco. Debajo de la mesa labrada muy a lo tosco, subía el olor del piso de tierra, un olor húmedo que al llegar a la altura de los codos aumentaba el sabor de las cosas. Comimos retebien esa noche: tortillas de maiz con manteca y unos buenos platotes de frijoles humeantes, con harto chile, pa’ variar. Al Jacinto siempre le ha gustado sentarse allí mismito en ese lugar donde estaba sentado el güerito. Nomás imagínese cómo se le descompuso la mueca al Jacinto cuando lo vio a la cabecera de su mesa, donde él mandaba desde hacía muy antes.
—Es de Chihuahua, traiba hambre y me dio lástima —la Agustina no daba explicaciones, describía lo que había pasado, nomás.
La muy abnegada madre, ya bien cenados, mandó a los niños a dormir. Los acomodó, fuera de toda costumbre, allá hasta el cuarto más lejano, pa’ que no fueran a escuchar lo que usted ya se imaginará.
El Jacinto sí tuvo necesidad de explicarse:
—Ella es la señora de mi primo —le decía a Claudio mientras comían—. Yo a veces vengo a ayudarla con los asuntos del hombre.
Eso fue todo lo que dijeron, nadie habló más. La Agustina estuvo cenando de pie, en lo que llevaba las tortillas del comal a la mesa. El silencio alargó su peste por varios minutos, hasta que la mujer quiso volver a hablar:
—Mejor ya váyase, Jacinto, pa’ que lo vean salir los vecinos.
—Vámonos pues, Güero —alcanzó a componer el susodicho, descontrolado por la invitación a largarse así tan de pronto.
—No, él se va a quedar aquí —dijo la Agustina, así como si nada.
El Jacinto nomás tragó saliva. Sus puños no se permitieron un golpe ni en la mesa ni al cerrar la puerta.
Ya solos, todo fue que el Güero la tocara por los hombros, que la tomara luego de las caderas pa’, bien pegado, arrejuntarse las nalgas de la hembra; y que luego le dijera algo lento y convincente desde los bellitos de la nuca hasta adentrito de las orejas, pa’ que ella volteara hacia él, pa’ que se le trepara abrazándolo con brazos y piernas —yo mismo los vide desde lejos.
Fíjese si la suerte no escupe pa’l lado ciego: el Claudio llegó a pata y con hambre, y esa misma noche tuvo comida, techo y mujer. No, si Dios no es parejo, qué va.
IV
Duérmase temprano, Jacinto se lo había advertido. El muy cabrón se quedó encerrado con ella ¡más de dos semanas! Ya mejor ni me acerqué a la casa de la Agustina. Pero eso sí, averigüé cuándo se iba el jijo de la gran puta y hasta hice mis planes pa’ despedirlo como se debía. Él tenía que irse por el aserradero pa’ llegar a donde pasa el tren. A esas horas todavía faltaba un buen rato antes del inicio de turno de los trabajadores. Los humos de la trementina subían desde entre el aserrín, inundándole a uno los pulmones de un como olor a bosque muerto. Nomás la oreja ducha me dejó notar el lugar de sus pasos —la madrugada era muy negra. No sé cómo alcancé a vislumbrarle la espalda. La primera tajada de mi machete no lo dejó ni terminar el grito. Lo subí a la carrucha donde cargo las herramientas —soy agricultor. Lo llevé por donde yo sé hasta las vías del tren y lo dejé allí acostadito. En Chihuahua dijeron que no conocía los rumbos, que dizque andaba a pie por las vías el muy ocurrente —eso decían por allá. ¿Que cómo lo sé? Pues sepa usted que Jacinto Urrutia, su seguro servidor, siempre lee los periódicos, sentado así a la cabecera de la mesa, como me ve ahorita, en casa ’e mi finado primo y su mujer.

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