martes, 15 de noviembre de 2011

El poeta en el mundo


Por Antonio Muñoz Molina


La gran ventaja de la ignorancia es que permite de vez en cuando la alegría del descubrimiento. Yo escribo ahora mismo urgido por esa alegría, por el asombro de haber encontrado una escritura de la que hasta hace unos días no sabía nada y que ahora va conmigo como una voz nueva y fiel, con esa suprema cualidad portátil que tiene la poesía, gracias a la cual uno puede llevar en el bolsillo la obra completa de una vida. El mes pasado, cuando oí o leí el nombre del ganador del Nobel de Literatura, me encogí de hombros, casi como todo el mundo, con ese instinto de recelo o indiferencia hacia lo desconocido del que no está libre nadie. Un poeta sueco. Un poeta sueco con un nombre que uno nunca ha escuchado y que no se le queda en la memoria. Tomas Tranströmer. Uno, aunque no lo quiera, es tan provinciano que automáticamente considera falto de mérito o poco importante a un escritor por el simple hecho de que nunca ha escuchado su nombre. Como si uno lo supiera todo.
Pero encontré aquí y allá opiniones favorables de personas de las que me fío y me despertó simpatía la imagen de ese hombre reducido al silencio y paralizado a medias que tenía en las fotos una cara de inteligencia y bondad y que sigue tocando el piano aunque apenas pueda hablar. Me prometí que leería algo, aun con la expectativa limitada de la traducción. Leer poesía traducida es aceptar que uno está perdiéndose en el mejor de los casos entre la cuarta parte y la mitad de lo que hay en el original. Leer poesía traducida de una lengua que uno ignora por completo es saltar al vacío. Poesía, argumentan algunos derrotistas, es precisamente aquello que se pierde al ser traducido.
Hay poetas, poemas, que resisten bien la traducción. Antonio Machado y Federico García Lorca, que nunca faltan en las secciones de poesía de las buenas librerías americanas, se leen con una claridad magnífica en inglés. Una buena parte de la gran poesía americana, su naturalidad expansiva, viaja bien al español: incluso la solemnidad visionaria de Wallace Stevens, o el fraseo fingidamente coloquial de William Carlos Williams, que tradujo por cierto a Miguel Hernández, y que a veces tiene un ritmo entrecortado como de Jorge Manrique. Y hay fenómenos prodigiosos como las traducciones que ha hecho Edith Grossman de los sonetos que a uno le parecen más intraducibles de Quevedo o de Góngora, o el más difícil todavía de las Soledades, que cuando Edith las recita en inglés parece que se escribieron en esa lengua y también que preservan intactos los retorcimientos y los relumbres de Góngora.
Pero cómo sería posible trasladar al español la cantinela de metrónomo o de redoble fúnebre de Baudelaire o de Mallarmé, o esa música sofisticada que dicen que hay en la poesía rusa. O la tensión sintética de la poesía latina, que une entre sí las palabras con una fuerza recóndita tan poderosa como la que une los protones y los neutrones en el núcleo de un átomo.
Tengo la intuición de que Tomas Tranströmer sí puede ser razonablemente bien traducido. Hace unos días, en la primera librería de Nueva York en la que entré con algo de hambre atrasada después de meses de ausencia, vi de nuevo su nombre que había olvidado y un volumen austeramente editado en blanco y negro por New Directions que contiene toda su obra poética en prosa y verso en poco más de doscientas cincuenta páginas. Se titula The Great Enigma, y el traductor al inglés es Robin Fulton. Uno a veces compra los libros no porque tenga verdadero interés sino por la simple gula de comprarlos. Pero New Directions es la editorial que publicó originalmente a William Carlos Williams, y también a mi muy admirada Denise Levertov, y parece que sus libros tienen una astucia sutil para deslizarse entre los dedos del lector aturdido o abrumado por un exceso de posibilidades. No puedo imaginar cómo sonarán en sueco los poemas de Tomas Tranströmer. Pero en inglés, en un banco en un parque al sol de noviembre, en un vagón de metro, en una noche silenciosa de insomnio, junto a una ventana en una tarde en la que ha cambiado la hora y se hace de noche inesperadamente, esa poesía desconcierta un poco primero como una música que uno no ha escuchado nunca y después se impone, gradualmente, hasta un punto parecido a la intoxicación, o a lo que llamó Claudio Rodríguez el don de la ebriedad.
La mejor literatura tiene un efecto físico. Provoca una inundación de vehemencia, como la inundación de endorfinas de una carrera o de una caminata larga y sostenida. Es el efecto físico de Whitman, o del Antiguo Testamento, el de Campos de Castilla o Poeta en Nueva York, el de Las flores del mal, el de Moby Dick o ciertos capítulos de Ulises. Yo he salido a caminar durante dos horas a lo largo de la orilla del río Hudson y he llevado conmigo los poemas de Tomas Tranströmer. Hay que encontrar el ritmo de la caminata, lo primero de todo. Hay que adaptar el oído: como cuando uno se familiariza despacio con una música rara y poco a poco arrebatadora, los cuartetos de cuerda de Béla Bartók, la música de cámara de Elliott Carter, los Preludios de Ligeti. Al principio la voz de Tranströmer es así de chocante. No la hemos escuchado nunca. No se parece a ninguna otra. Lo cotidiano y lo visionario se superponen en el mismo poema, los paisajes de la naturaleza y los de los sueños, la pesadumbre sórdida de la soledad y la franca alegría del amor. Unas veces la forma se contiene hasta la concisión de un haiku: otras se expande en anchas corrientes narrativas, a la manera de Eliot en los Cuatro cuartetos o de los encabalgamientos de Whitman o las amplitudes épicas de Derek Walcott, con su confianza casi insolente en la potestad de la poesía para abarcar el mundo.
Pero en Tranströmer hay, junto a la posibilidad de la desmesura, una contención probablemente escandinava. Es un Whitman o un Walcott metido para adentro, un Eliot sin solemnidades litúrgicas, aunque con una intuición severa de lo sagrado. Me paro a descansar en mi caminata frente al río y abro de nuevo el libro de Tranströmer. Qué mezquindad, qué apocamiento que la literatura se mida con la literatura, el arte con el arte. Con lo que la literatura y el arte tienen que medirse es con el mundo, con la misma vida, como se miden las manos extendidas de hierro de Eduardo Chillida con el mar Cantábrico, o los enanos de Velázquez y los fusilados de Goya con nuestra pobre condición humana. Frente a la anchura del Hudson leo Bálticos, el poema más largo de Tomas Tranströmer, que arranca hablando de su abuelo materno cuando pilotaba buques en la bruma incierta del mar, y la poesía, incluso traducida, resiste la confrontación con ese paisaje desmedido.
En cuanto termine de escribir y haya mandado esta crónica seguiré leyendo.

The Great Enigma. Tomas Tranströmer. Traducción de Robin Fulton. New Directions, 2007. 288 páginas. ndbooks.com/book/the-great-enigma. Tomastranstromer.net. En español, la obra de Tomas Tranströmer está publicada en Nordicalibros, Hiperión y bid & co editor, y en catalán en Periféric. antoniomuñozmolina.es

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