sábado, 18 de junio de 2011

La gigantomaquia oficial. Entrevista con Carlos Monsivàis


En el año 2007,  Anadeli Bencomo entrevistó a Carlos Monsivàis para la revista Literal en una visita a la universidad de Houston organizada en su momento por la misma universidad además de Rice University y Literal. Para ver el formato original descarga el PDF aquí mismo y encontrarás la entrevista en la página 20.  

Anadeli Bencomo: Al abordar algunos de los temas de su libro Imágenes de la tradición viva (2006), usted se refirió a un episodio particular de la historia del arte mexicano, el momento de la inauguración del Museo Nacional de Antropología (1964). Según nos comentaba en su charla, este museo tiene un rol protagónico en la consolidación dentro del imaginario mexicano de aquello que se entiende como patrimonio cultural de la nación. Siguiendo esta línea de reflexión, quisiera preguntarle si cree usted en la idea del “Arte Mexicano”.

Carlos Monsiváis: No se puede creer en la idea del arte mexicano, simplemente porque el gentilicio no tiene mucho que ver en estos asuntos. Lo que sí creo es en la idea de un arte hecho en México, arte hecho fuera de México por mexicanos, arte que tiene que ver sobre todo con temas mexicanos y arte que una comunidad adopta como suyo por la temática, por la costumbre, o por la afición a lo que consideran les pertenece; pero arte mexicano no creo que exista pues sería como si las manos de la esencia pintaran, grabaran, dibujaran... Creo que lo que se vive, y muy fuertemente, es el modo en que la costumbre se transforma en sentimiento nacional en la manera de observar el arte.

AB: ¿Y dentro de esta transformación, qué rol juegan las políticas culturales?

CM: Juegan un rol definitivo. Por ejemplo, la importancia del muralismo estaba ya presente en la década de 1920 en los pleitos que provocaban sus artistas, en el rechazo que les tenían los conservadores; pero en el momento en que comienzan las grandes exposiciones internacionales, y cuando se inicia la idea de que Rivera, Siqueiros, Orozco, Tamayo, representan a México, en ese instante hay un cambio. La comunidad nacional (o como se le quiera llamar) descubre que le gustan estos artistas porque son mexicanos, no porque les guste necesariamente lo que pintan, y de tanto que les gusta lo que hacen porque son mexicanos, acaban aceptando que les gusta porque es arte, pero eso ya es un proceso más largo y difícil. Sin las políticas culturales del gobierno del PRI, mucho de lo que ahora se ha establecido no tendría lugar. Una gran ventaja de los gobiernos del Partido de Acción Nacional (PAN) es que no entienden nada de arte, no les interesa en lo más mínimo y, por tanto, no van a imponer ninguna línea; porque además el Nacionalismo ya pasó y entonces tendrían que –de pronto– patrocinar las instalaciones sobre el minimalismo, o lo que fuera, y eso les desconcierta porque ellos detestan sinceramente el arte. Entonces a lo que vamos es a un momento en el cual las políticas culturales van a oscilar entre el deseo de prohibición y el desconcierto ante lo que no entienden, pero ya pasó esa gran etapa en la cual toda una serie de pintores y de tendencias artísticas funcionaban porque detrás había un gobierno que los impulsaba.

AB: Sin embargo, a pesar de esta tendencia que usted reconoce en los gobiernos del PAN, durante el mandato de Vicente Fox se fragua el proyecto oficial de la megabiblioteca Vasconcelos en el DF mexicano. ¿Qué piensa usted de esta iniciativa: es un proyecto necesario o una empresa insensata?

CM: Lo de la megabiblioteca es lo típico de cada mandato mexicano, pues los gobiernos necesitan tener una obra monumental que los consagre y con la que uno los asocie: el Templo de Diana en Efesos... pero ellos no son paganos...; los jardines colgantes de Babilonia... exigiría una obra maestra de arquitectura para que esto sucediera; las pirámides de Egipto... no se puede porque ya no hay espacio en el DF y tendrían que expropiar demasiados terrenos lo que sería muy costoso... ¿Qué se les ocurre entonces? El Centro Nacional de las Artes, que es un desastre porque nunca se integró y simplemente son edificios coaligados por la imposibilidad de que éstos se escapen, que no han retenido un público ni creado una atmósfera distinta. ¿Qué se le ocurre a continuación a Vicente Fox o a quien se le haya ocurrido? Algo monumental y esto tiene que ver con la idea de una Megabiblioteca en la capital mexicana. Antes habían lanzado una campaña que se llamaba “México: un país de lectores” y fue muy interesante porque el día del lanzamiento llevaron a un futbolista, a una actriz de Televisa y a un periodista (ninguno de los tres muy calificados en cuanto a su afición a la lectura) para promover este proyecto liderado por Fox, quien como candidato le había dicho a un grupo de artistas y de intelectuales: “A diferencia de ustedes que se formaron leyendo libros, yo me formé viendo las nubes”. Entonces, en lugar de hacer lo que procedía, que era una nuboteca, se lanza (o lo convencen de que lo haga) a esta Megabiblioteca que ya desde el nombre era verdaderamente triste. Se le objeta que de lo que se trata es de fortalecer el sistema regional de bibliotecas y que ya existiendo toda la tecnología e informática, es absurdo levantar un mausoleo, que él no tiene que crear una biblioteca semejante a la de Harvard, ni nada por el estilo. Sin embargo, a Fox le da exactamente lo mismo que objeten o no porque, entre otras cosas, para él el libro es un objeto extraño que, como no tuvo lugar en su casa, no tuvo lugar en su imaginación. Se lanza así a algo despiadado en una zona de la ciudad que colinda con sectores absolutamente populares; con un presupuesto descomunal construyen una biblioteca que cuesta 2100 millones de pesos, lo cual es una cantidad desaforada. Se les olvida que está levantada sobre un manto freático, lo que va a dar por resultado una situación que para los libros es fatal. Luego construyen un jardín botánico que, con una generosidad que todavía me ruboriza, dicen que se va a ver bien dentro de cincuenta años. Este jardín también va a tener consecuencias dramáticas para los libros y luego tienen un acervo para esa megabiblioteca de trescientos mil libros, ninguno de los cuales se imprimió antes de 1980. Todo el proyecto es tan desaforado que me parece increíble, aunque la crítica no sirve para nada. Un problema de la crítica actual en el mundo entero es que da igual. La crítica ya forma parte del ruido lejano; la crítica no influye, no determina y, de tanto no determinar, se vuelve inaudible. Empiezan los problemas y, sobre todo, el año pasado se pierden treinta mil libros por el agua, se mojan irremediablemente pues los libros no están acostumbrados a nadar... Allí empieza el desastre hasta que recientemente tienen que cerrarla por otros numerosos problemas. Este proyecto está condenado desde el principio y yo creo que la humildad es lo que ya empieza a exigirse en proyectos culturales, ya pasó la era de la gigantomaquia pues sus proyectos no los permite ni la capacidad económica del estado, ni la necesidad de los ciudadanos que más que todo está centrada en ofertas al alcance.

AB: Dentro de este panorama de la gigantomaquia oficial y su grandilocuencia, surgen alternativas culturales como el recién inaugurado museo del Estanquillo, donde se exhiben muchas de las colecciones personales de Carlos Monsiváis. ¿Qué importancia tienen iniciativas como ésta? ¿Podríamos decir que hay detrás de estos proyectos una política cultural de distinta índole?

CM: Hay actualmente en México un espacio para museos alternativos que se está cumpliendo muy bien, pero esto se da fundamentalmente en la ciudad de México, con muy pocas excepciones de algunos lugares de la provincia. Habría que decir que este espacio alternativo tiene también algo que ver con la gigantomaquia a la que me refería anteriormente, pero de otra manera. El museo que nosotros intentamos (“El Estanquillo”), en cuya realización yo no tuve nada que ver, busca la recuperación de un pasado que está sustentado en el gusto, no en la historia, no en la sociología, y no en el deseo nacional. A mí me gustan los grabados del taller de la Gráfica Popular, me gustan los cómics, me gusta la lucha libre, me gustan las fotos, tanto de la calidad de Lola y Manuel Alvárez Bravo o Nacho López, como las fotos históricas, las fotos del cadáver de Zapata, pero todo tiene que ser vintage, si no no cumple las regulaciones de mis colecciones. Durante treinta y tantos años me dediqué a coleccionar y una noche me encontré en una cena con dos tipos, les conté de lo que estaba yo reuniendo y se ofrecieron a ayudarme y yo pensé, pues a lo mejor hablan en serio, ¿no? Uno era el jefe de gobierno de la ciudad, Andrés Manuel López Obrador y, el otro, era el empresario Carlos Slim. Los dos se pusieron de acuerdo y me ayudaron con el proyecto del museo. López Obrador nos dio un lugar portentoso, un edificio neoclásico, y Slim nos dio la renta de un lugar de discos que tiene para ayudarnos a pagar los salarios de los empleados del museo. Esto fue nuestro punto de partida. La idea de esta alternativa museográfica sí funciona, tal y como lo demuestra el hecho de que “El Estanquillo” se abrió hace cuatro meses y ya han asistido 65 mil personas, lo que es muchísimo para la ciudad de México. Y “El Estanquillo” no es el único museo en este sentido, hay un museo de la Historia de la Economía que está funcionando extraordinariamente; hay un lugar que se llama Estación Indianilla de arte nuevo, postmoderno, que también está funcionando óptimamente; lo cual demuestra que sí hay un público para este tipo de museos menos tradicionales. Sin embargo, el museo por excelencia en la ciudad de México sigue siendo el Museo de Antropología porque ésa es la formación en una idea si se quiere sesgada, de una vertiente histórica de la tradición y el patrimonio nacional. El siguiente museo en orden de importancia es el de Frida Kahlo, lo cual responde a todas las explicaciones que ustedes quieran, una gran pintora, una mujer que sufre, una feminista en la actitud. El tercer museo en materia de visitantes es el Museo Nacional de Arte y luego estamos nosotros, lo que es muchísimo. El caso es que entre el Museo de Antropología, el Frida Kahlo y el Nacional y el resto de los museos del DF hay un salto histórico; pero lo que demuestra el ejemplo de “El Estanquillo” es que sí hay espacio para lugares que visiten los jóvenes. Como hay en “El Estanquillo” una reconstrucción del gusto mexicano, eso ha llamado la atención. Ahora va a haber diez exposiciones itinerantes porque el acervo es de 15 mil piezas y están expuestas 480, entonces se trata de que haya exposiciones itinerantes de José Guadalupe Posada, de Miguel Covarrubias, de Diego y Frida –en un nivel menor– pues se trata primordialmente de representaciones de ambos personajes. Sin embargo, este ejemplo no nos habla tanto de una política cultural, como de un deseo de mostrar que el gusto tiene maneras de imponerse sobre el gran presupuesto. Un gusto que requiere una inversión mínima pues es un gusto popular, pero no en el sentido de lo opuesto al Arte con mayúscula, pues lo que yo quería proponer para el museo era una mezcla de alta cultura y cultura popular, no para contraponerlas, sino para mostrar cómo van integradas dentro de un gusto popular, pues el aprecio a lo que a uno lo rodea es lo que descubre su calidad artística.

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