martes, 10 de enero de 2012

El verdadero Sherlock Holmes.



Por Jaime Perales Contreras

Cuando un sospechoso de asesinato, escoltado por la policía, llegó al salón de clase en donde el eminente doctor Joseph Bell enseñaba medicina, se le identificó con un humilde limpiabotas. Sin embargo, la policía encontraba algo sospechoso en el hombre que no habían podido detectar. Bell, al observar al limpiabotas, supo rápidamente  su secreto y sin más le dijo a la policía y a sus estudiantes en el salón: “Elemental caballeros, el hombre estuvo en el ejército y, no sólo en el ejército, sino en alguna guerra”. Bell pidió a dos hombres que desnudaran al limpiabotas y  encontró que en su pectoral izquierdo tenía tatuado una pequeña “D” mayúscula. El doctor Bell le dijo al público que el hombre había estado en la guerra de Crimea contra los rusos y que en esa época así se tatuaban a  los desertores de esa guerra. De ahí el comportamiento raro y evasivo del limpiabotas, no quería que se supiera que era un desertor. Uno de sus estudiantes le dijo asombrado: “Doctor Bell, usted se parece a Sherlock Holmes”. El famoso doctor le contestó orgulloso: “Mi estimado  señor, yo soy, ni más ni menos, que Sherlock Holmes”. Y era verdad.

 Sir Arthur Conan Doyle, el famoso autor de las inmortales aventuras del  excéntrico e inteligente detective, fue  interno de medicina de Joseph Bell en la  Enfermería Real de Edimburgo, y se basó en sus impresionantes, y exactas deducciones, para armar con datos verídicos a su personaje. 
El doctor Joseph Bell fue médico y, además, profesor de la universidad de Edimburgo,  cultivó la amistad no sólo de Conan Doyle, sino del novelista Robert Louis Stevenson y de Florence Nightingale,  la famosa fundadora de la enfermería moderna.
 Joseph Bell afirmaba que  la mayoría de la gente “mira, pero no observa”. Cualquier persona que tenga aspiraciones de ser un detective,  según Bell,   debía inmediatamente, con un simple vistazo, deducir el oficio, hábitos e historia personal de cualquier desconocido. No había excusa para no hacerlo. La verdad es que Joseph Bell exageraba, porque sabía que su capacidad deductiva era única en el mundo. El novelista Irving Wallace, uno de sus biógrafos más importantes, afirmaba que no había existido nadie, en más de un siglo, que se equiparase en inteligencia y sagacidad criminalista con el famoso doctor Joseph Bell.
Arthur Conan Doyle, en una carta, fechada el 7 de mayo de 1892, le confesó a. Joseph Bell que había sido la inspiración para la creación de Sherlock Holmes y, constantemente, se reunían para que Bell  relatara anécdotas y  Conan Doyle las tomara como ideas para sus ficciones.  Robert Louis Stevenson, al leer una de las historias de Sherlock Holmes, le escribió rápidamente a Conan Doyle diciendo en esta: “¡No me digas que nuestro viejo amigo Joseph Bell es Holmes!”. No había nada más que decir.
Joseph Bell sirvió de asesor de “Scotland Yard” en varios casos difíciles. En más de una ocasión descubrió a la persona culpable  y, después de saber que Bell era el modelo original en que Conan Doyle se basó para escribir Sherlock Holmes, recibió cientos de peticiones sobre crímenes absurdos, excéntricos y atroces de la época. Uno de los más famosos fue el de Jack el destripador.
Jamás se supo si Jack el destripador fue una mujer o un hombre.  Se afirmaba que era una persona con dotes de cirujano que se dedicó a matar a varias prostitutas en Londres, las asesinaba cruelmente y les extraía cuidadosamente  sus órganos internos, depositándolos junto a la víctima. Las terribles masacres que realizó el destripador, en el que se han hecho múltiples novelas, obras de teatro y películas, inició en Agosto de 1888, cuando se encontró el cuerpo brutalmente mutilado de una prostituta en “Osborn Street, Whitechapel”. Se le atribuyeron cinco crímenes a este asesino y tres más que no se confirmó su autoría. Entre los sospechosos se encontraba un peluquero polaco que había sido visto cerca de los homicidios (curiosamente los asesinatos cesaron cuando se mudó a “Jersey City”), un médico ruso que estaba loco, un marinero norteamericano y un doctor inglés que su cuerpo fue encontrado flotando en el río “Támesis”, después del último crimen. 
A Joseph Bell se le solicitó que apoyara a la policía inglesa para descubrir la identidad de Jack con sus facultades deductivas.  Bell y  el experto forense Henry Littlejohn se dedicaron a revisar el material disponible. Wallace afirma que Bell y Littlejohn, después de haber revisado todas las pistas, escribieron un nombre en una hoja de papel, colocaron la hoja en un sobre y lo intercambiaron para ver si coincidían en la persona. Los dos coincidieron en el mismo sospechoso y hablaron a “Scotland Yard” para transmitirles la opinión del potencial culpable. Exactamente siete días después de que Bell emitió su opinión, cesaron los asesinatos y no se volvió a saber nada de Jack el destripador. Jamás se supo si el criminal murió o desistió de seguir matando al saber que la policía estaba cerca de su aprensión. Misterio.
A diferencia del prolífico escritor Arthur Conan Doyle, Bell fue autor de un breve volumen titulado: "Apuntes sobre cirugía para enfermeras”, publicado en 1906. El librito sirvió como una guía para dignificar la profesión en la época en el que se consideraba a una enfermera y una mujer de la calle como lo mismo.
La valentía de Joseph Bell, asimismo, fue legendaria. Como médico cuando se sabía poco de la difteria, un niño que sufría de la enfermedad fue operado. Después de la operación, el niño se empezó a ahogar.  En esa época no había ningún instrumento para extraer el líquido que se acumulaba en la tráquea de los enfermos y Bell, sin dudar un ápice, sacó el veneno que  se había acumulado en su garganta con la boca. Bell, a consecuencia de ello, contrajo difteria y perdió la voz permanentemente. Al saber esto, la reina Victoria, en una visita a Edimburgo, fue al domicilio de Bell a felicitarlo personalmente por su valentía y compromiso.
A diferencia del ficticio detective que vivió como solterón en “Baker Street” dedicado exclusivamente a su oficio de cazador de criminales,  Bell fue un hombre de familia, que se casó a los 29. Sin embargo, después de 9 años de matrimonio, su esposa falleció y jamás volvió a contraer nupcias.
La amistad entre Arhur Conan Doyle y Joseph Bell duró hasta que Bell falleció en octubre de 1911. El Dr. Bell, fiel a los que habían sido sus alumnos y amigos, apoyó a Conan Doyle cuando se postuló para el parlamento. Sin embargo, el novelista perdió ante su oponente.
Cuando Bell murió, su funeral fue impresionante. Asistió concurrencia destacada  del gremio médico y de cientos de personas humildes que, en alguna ocasión, fueron sus pacientes.
Arthur Conan Doyle mató en una ocasión a Sherlock Holmes en una feroz batalla contra su archienemigo Moriarty en las cataratas de “Reichembach”. A petición popular lo tuvo que resucitar. Eso mismo, en cierta forma, ocurrió con Joseph Bell.
Conan Doyle, en sus últimos años,  antes de morir en 1930, se aficionó profundamente al espiritismo, y curioso de saber cómo la estaba pasando su viejo amigo en el más allá, decidió hacerle una llamada de larga distancia.
Según Irving Wallace, en una de las sesiones, Conan Doyle aseguró que pudo no sólo contactar a Joseph Bell sino conversar con él. Además, Doyle tomó una foto de Bell en camisón y con el pelo desgreñado. Cuando le enseñó la imagen a la hija del médico, ella furiosa regañó a Conan Doyle diciéndole que la figura tomada en la fotografía  no se parecía en nada a la de su padre. Doyle, convencido de su habilidad como médium, pensó que definitivamente debía de ser Joseph Bell, pues ¿quién más iría a visitar al escritor de noche desde el más allá y contar alguna anécdota, como en los viejos tiempos, para que fuera utilizada en sus novelas sobre Sherlock Holmes?  Esto, era,  sin lugar a duda, elemental, mi querido Watson.

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